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Acciones que cuentan

Adaptar las viviendas a los riesgos climáticos para proteger mejor a la población

 

Una vivienda expuesta a inundaciones o a olas de calor puede perder su función principal de protección. En su enfoque sobre la vivienda, la Asociación Mundial para el Desarrollo (AMD) vincula la seguridad de las poblaciones con la calidad de los edificios, su entorno y la preservación de los medios de subsistencia. Los riesgos climáticos ponen así de manifiesto hasta qué punto las condiciones de vivienda influyen en la capacidad de los hogares para superar una crisis.

Las consecuencias de un fenómeno extremo van más allá de los daños visibles. Una vivienda deteriorada puede provocar la interrupción de la actividad, la pérdida de bienes esenciales o un alejamiento temporal de los centros educativos y de la atención sanitaria. La rehabilitación requiere, a su vez, recursos que en ocasiones resultan difíciles de reunir.

El Día Mundial del Hábitat ofrece un marco para comprender estas relaciones entre la vivienda, la vulnerabilidad y el desarrollo. La adaptación afecta a las construcciones, pero también a las redes, las vías de acceso y la organización del territorio. Incide en la posibilidad de seguir viviendo en condiciones dignas cuando los riesgos evolucionan.

Ante un mismo suceso, las consecuencias pueden ser muy diferentes

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La vulnerabilidad de una vivienda depende de varios factores. Su ubicación determina en parte su exposición; sus materiales y su estado influyen en su resistencia; y los recursos del hogar condicionan sus posibilidades de preparación y reparación.

Así, dos viviendas afectadas por la misma inundación pueden seguir trayectorias muy diferentes. Una familia que disponga de ahorros y de una solución de alojamiento temporal puede iniciar rápidamente las obras. Otra puede permanecer más tiempo en una vivienda dañada o endeudarse para recuperar unas condiciones aceptables.

El Informe Mundial sobre las Ciudades 2024 de ONU-Hábitat analiza las relaciones entre los riesgos climáticos y las desigualdades urbanas. Pone de relieve el papel que desempeñan las condiciones sociales, las infraestructuras y la vivienda en las vulnerabilidades de las poblaciones. El fenómeno físico y las condiciones de vida se combinan para generar las consecuencias observadas.

Esta interpretación permite comprender mejor las diferencias dentro de un mismo territorio. Las poblaciones más expuestas no disponen necesariamente de los medios financieros o técnicos que les permitan reforzar sus viviendas. La fragilidad residencial puede, por tanto, prolongarse en forma de dificultades económicas, especialmente cuando los daños se repiten antes de que el hogar haya recuperado sus recursos.

Cuando el calor se instala en el interior de la vivienda

Las olas de calor ponen de manifiesto características de la construcción que pueden pasar desapercibidas el resto del año. Un tejado muy expuesto, la ausencia de protecciones solares o una circulación de aire limitada influyen en las condiciones interiores.

La posibilidad de refrescar la vivienda depende, a su vez, de los equipos disponibles y de su coste de funcionamiento. Para algunos hogares, el uso prolongado de un aparato supone un gasto difícil de asumir. Los cortes de electricidad también pueden limitar su utilidad justo cuando el calor es más intenso.

El entorno del edificio también influye. La sombra, las superficies minerales y la vegetación contribuyen a las condiciones térmicas del barrio. El informe de ONU-Hábitat examina estas relaciones entre los espacios urbanos, la vivienda y el calor, así como las posibilidades que ofrecen las medidas de adaptación adecuadas.

La protección contra el calor se perfila, por tanto, como una cuestión tanto colectiva como individual. La mejora de una vivienda y la de su entorno pueden complementarse, con soluciones diferentes en función del clima, la disponibilidad de agua y las características locales. Su interés se mide en las condiciones de vida de los ocupantes: poder descansar, continuar con sus actividades y utilizar su vivienda a pesar de las temperaturas exteriores.

Las inundaciones traspasan los límites de la parcela

La seguridad de una vivienda depende en parte de lo que ocurre a su alrededor. El drenaje de las aguas, el estado de las infraestructuras, las superficies impermeabilizadas y el uso del terreno influyen en los riesgos a los que está expuesta.

Un hogar puede realizar obras en su vivienda sin por ello dejar de ser vulnerable a un mal funcionamiento del sistema de drenaje o a la inaccesibilidad de su calle. Esta interdependencia explica la importancia de las infraestructuras colectivas en la adaptación de la vivienda. También pone de manifiesto los límites de una protección concebida únicamente a escala del edificio.

En Benín, una financiación aprobada por el Banco Mundial en septiembre de 2022 para ciudades secundarias combinaba la mejora de las infraestructuras, los servicios urbanos y la reducción de los riesgos de inundación. Este programa ilustra una intervención concebida a escala territorial, más allá de la protección de una vivienda aislada.

El funcionamiento a lo largo del tiempo sigue siendo determinante. La acumulación de residuos, el deterioro de las obras o la falta de mantenimiento pueden reducir los beneficios esperados. La adaptación se basa, por tanto, en la continuidad entre la inversión y la gestión diaria. Una obra conserva su utilidad cuando su mantenimiento y su funcionamiento se adaptan a la evolución del barrio al que da servicio.

Protegerse sin perder los medios de subsistencia

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Cuando un lugar se vuelve demasiado peligroso, puede plantearse un traslado. Sin embargo, abandonar una vivienda significa a veces alejarse de un empleo, de una clientela, de un centro educativo o de una red de apoyo mutuo. La reducción de la exposición física puede, por tanto, ir acompañada de nuevas dificultades económicas y sociales.

Esta realidad explica por qué la calidad de una solución de realojamiento no se evalúa únicamente en función del edificio propuesto. Su ubicación, su coste y sus conexiones con las actividades cotidianas influyen en la posibilidad de reconstruir una vida estable. Una vivienda más segura puede resultar difícil de ocupar de forma duradera si los gastos de desplazamiento se vuelven excesivos o si los ingresos disminuyen.

En su mensaje institucional, la AMD hace hincapié en la preservación de los derechos y los medios de subsistencia de las poblaciones afectadas por la mejora de la vivienda y los desplazamientos. Esta postura reconoce que los habitantes mantienen con su territorio vínculos que van más allá de la propiedad o la ocupación de una vivienda.

La información, la participación y el acompañamiento contribuyen a que las transformaciones resulten más comprensibles. Además, permiten poner de manifiesto consecuencias que la evaluación técnica del riesgo no basta para captar. La experiencia de los habitantes arroja luz, en particular, sobre sus desplazamientos, sus actividades y las relaciones de solidaridad en las que se apoyan.

Preservar las vidas, los medios de subsistencia y los logros

La protección de las poblaciones se basa en un conjunto de posibilidades: recibir una alerta, comprender la situación, llegar a un lugar seguro y acceder a los servicios necesarios. La vivienda forma parte de esta organización más amplia.

En Bangladés, las intervenciones documentadas por el Banco Mundial combinan, entre otras cosas, refugios polivalentes, vías de acceso y la preparación de las comunidades en las zonas costeras expuestas a los ciclones. Esta experiencia muestra cómo las infraestructuras y la organización colectiva pueden complementarse.

La utilidad de un refugio depende de la posibilidad de llegar hasta él. Una distancia considerable, una vía intransitable o una infraestructura inadecuada pueden limitar su acceso. Las personas con movilidad reducida y las familias que van acompañadas de niños pequeños se enfrentan en ocasiones a dificultades específicas. Por lo tanto, la protección cobra todo su sentido en las condiciones reales de uso de las instalaciones.

Más allá de la protección, la adaptación contribuye a preservar los recursos acumulados a lo largo de los años. La vivienda suele concentrar una parte importante de los ahorros y del trabajo de un hogar. Su deterioro puede desviar hacia las reparaciones los recursos inicialmente destinados a los estudios, a una actividad económica o a otros proyectos familiares.

De este modo, los efectos de una catástrofe se prolongan incluso después de que las aguas hayan retrocedido o haya concluido el suceso. La sustitución de bienes, la rehabilitación y la reanudación de las actividades pueden suponer una carga duradera para las finanzas familiares. Esta dimensión confiere a la prevención un alcance que va más allá de la mera reducción de los daños materiales.

La adaptación de la vivienda afecta, en definitiva, a la continuidad de las trayectorias vitales. Protege la posibilidad de vivir, pero también la de trabajar, estudiar y mantener los vínculos sociales. La Asociación Mundial para el Desarrollo incluye esta continuidad en su concepción de una vivienda digna y sostenible. La seguridad residencial constituye, por tanto, una condición para la preservación de los logros y la confianza en el futuro, tanto a nivel de los hogares como de las comunidades.

 

Samyath A. AMOUSSA