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Acciones que cuentan

Reducir las desigualdades en el acceso a los servicios esenciales en los barrios y territorios

 

Vivir en un territorio no siempre significa poder acceder fácilmente al agua, al saneamiento, a la energía o al transporte. Estas desigualdades en el acceso a los servicios ocupan un lugar central en la visión del hábitat que defiende la Asociación Mundial para el Desarrollo (AMD), ya que influyen en gran medida en la salud, el tiempo libre y las oportunidades económicas. Explican por qué algunos hogares, a pesar de disponer de una vivienda, pueden vivir en una situación de precariedad persistente.

Los servicios esenciales acompañan a las acciones más cotidianas: preparar una comida, asearse, estudiar, desplazarse al trabajo o eliminar los residuos. Su presencia habitual facilita estas actividades. Su ausencia, en ocasiones, convierte cada necesidad en un desplazamiento, una espera o un gasto adicional.

A través del Día Mundial del Hábitat, merece, por tanto, atención también el entorno de la vivienda. Un edificio forma parte de un barrio, que a su vez está vinculado a un territorio. La calidad de estas conexiones influye directamente en las condiciones de vida de sus habitantes.

Las desigualdades territoriales se viven en el día a día

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Las diferencias en el acceso a los servicios rara vez se dan de forma aislada. Un barrio alejado puede sufrir a la vez un transporte limitado, un suministro eléctrico irregular y unas infraestructuras insuficientes. Los habitantes se ven entonces obligados a lidiar con varias limitaciones que se agravan entre sí.

La ausencia de un servicio suele acarrear gastos de sustitución. Comprar agua a un proveedor ocasional, utilizar una fuente de energía de emergencia o pagar un desplazamiento adicional moviliza recursos que podrían haberse destinado a otras necesidades. El tiempo dedicado a estos trámites también supone un coste.

Esta realidad a veces pasa desapercibida en las estadísticas generales. Una ciudad puede presentar una elevada cobertura y, al mismo tiempo, albergar zonas con un servicio deficiente. La situación también varía en función de los horarios, la estación del año o la fiabilidad de las instalaciones. Por lo tanto, la presencia de una red en un mapa no refleja con exactitud el servicio que realmente se recibe.

El análisis a escala de barrios y localidades permite comprender mejor estas diferencias. Pone de manifiesto los lugares en los que persisten las dificultades, a pesar de los avances generales.

El acceso al agua no se limita a un punto de conexión

El agua disponible en el hogar facilita la higiene, el mantenimiento de la vivienda y la preparación de alimentos. Sin embargo, una conexión pierde parte de su utilidad cuando el suministro sigue siendo intermitente o cuando su coste impide un consumo adecuado a las necesidades.

El saneamiento presenta una dificultad similar. La mera presencia de aseos no es indicativa, por sí sola, de la seguridad de toda la cadena de gestión. El almacenamiento, el vaciado, el transporte y el tratamiento de los residuos también influyen en la calidad del servicio.

El programa conjunto de seguimiento de la OMS y UNICEF distingue, por tanto, varios niveles de servicio de saneamiento, teniendo en cuenta, en particular, la gestión segura de los excrementos. Esta distinción pone de manifiesto la diferencia entre disponer de una instalación y beneficiarse de un servicio protector a largo plazo.

En Indonesia, los programas PAMSIMAS y NUWSP presentados por el Banco Mundial ilustran enfoques para mejorar el acceso al agua en distintos contextos. Su interés radica, en particular, en la articulación entre las infraestructuras y la organización del servicio. El equipamiento material forma parte de un funcionamiento colectivo, con responsabilidades de gestión y mantenimiento.

Instalaciones cercanas, pero a veces difíciles de utilizar

La distancia constituye un obstáculo evidente. Otros lo son menos: una tarifa demasiado elevada, horarios incompatibles con el trabajo, una escalera intransitable o un trayecto poco seguro pueden limitar el acceso a una instalación que, sin embargo, se encuentra cerca.

Las personas con discapacidad, las personas mayores y los adultos que acompañan a niños pequeños se enfrentan en ocasiones a dificultades específicas. Un diseño concebido partiendo de un usuario que se supone autónomo y con movilidad puede dejar de lado a una parte de la población.

Los trabajos del Banco Mundial sobre el diseño urbano inclusivo en Vietnam e Indonesia ponen de relieve la importancia de tener en cuenta los diferentes perfiles de usuarios en las actuaciones de mejora urbana. Esta perspectiva desplaza la atención de la mera construcción hacia las condiciones concretas de uso.

La accesibilidad efectiva se sitúa en la intersección de varias dimensiones: proximidad, coste, seguridad y adaptación de las infraestructuras. Permite comprender por qué dos personas que viven en el mismo barrio no disfrutan necesariamente de las mismas oportunidades.

Lo que cambia la mejora de un barrio

Una vía transitable facilita los desplazamientos y el acceso a los servicios. Un alumbrado adecuado mejora las condiciones de circulación. Un sistema de drenaje funcional reduce ciertas molestias relacionadas con las lluvias. Estas intervenciones inciden en la vivienda al transformar su entorno.

Sus efectos dependen también de la forma en que se integran en la vida local. Una calle acoge a veces actividades comerciales, interacciones sociales y desplazamientos escolares. Modificar su organización puede facilitar ciertos usos, al tiempo que complica otros.

La participación de los vecinos aporta un conocimiento de estas prácticas. Pone de manifiesto necesidades que los planos técnicos no siempre describen: un paso que se utiliza a diario, un punto de recogida inadecuado o una dificultad de acceso a determinadas horas.

Este protagonismo otorgado a la experiencia de los vecinos se ajusta al mensaje de la AMD sobre la vivienda. La mejora de un barrio cobra sentido en los cambios que experimentan las personas, la preservación de sus actividades y su capacidad para utilizar las nuevas instalaciones.

La continuidad del servicio, una dimensión a menudo menos visible

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La inauguración de una instalación marca una etapa identificable. Su funcionamiento diario se basa en un trabajo menos visible: mantenimiento, reparaciones, abastecimiento y gestión de las solicitudes. Sin embargo, es precisamente esta continuidad la que determina la duración de los beneficios.

Una avería prolongada puede obligar a los vecinos a recurrir a soluciones más costosas o menos prácticas. La propia incertidumbre afecta a la organización familiar y profesional. Por el contrario, un servicio predecible permite planificar las actividades con mayor confianza.

Los gastos de conexión y las condiciones de contratación también influyen en el acceso. Una red puede pasar cerca de una vivienda sin que su ocupante disponga de los medios necesarios para conectarse a ella. La existencia física de la infraestructura y su accesibilidad económica constituyen, por tanto, dos realidades distintas.

En las zonas rurales o poco pobladas, la lejanía de las instalaciones y de los equipos de mantenimiento confiere a estas cuestiones una importancia especial. Las soluciones más adecuadas dependen tanto de su funcionamiento futuro como de su rendimiento inicial.

Los servicios esenciales contribuyen así a la distribución de las oportunidades dentro de una sociedad. Cuando se vuelven accesibles y fiables, liberan tiempo, facilitan las actividades y hacen que el entorno de vida sea más favorable. La Asociación Mundial para el Desarrollo considera que esta relación entre el hábitat y los servicios constituye un componente del desarrollo humano. Las desigualdades territoriales adquieren entonces un significado concreto: denotan diferencias en la posibilidad de aprender, trabajar y vivir con dignidad en el día a día.

 

Samyath A. AMOUSSA