El hambre en el mundo: los obstáculos persistentes para acceder a una alimentación adecuada
El hambre está disminuyendo a escala mundial, pero los avances siguen siendo lentos y muy desiguales. Para comprender por qué millones de personas siguen sin poder alimentarse lo suficiente, es necesario examinar no solo la producción, sino también los ingresos, los precios, los conflictos y el acceso a los recursos.
El hambre se asocia a menudo con la falta de alimentos disponibles. Sin embargo, las cosechas mundiales no bastan para explicar quiénes comen hasta saciarse y quiénes se ven privados de ello. La seguridad alimentaria depende también de la posibilidad de obtener alimentos de forma regular, de comprarlos, de conservarlos y de disponer de ellos en condiciones compatibles con una vida saludable. Así, los indicadores distinguen entre la desnutrición crónica y la inseguridad alimentaria moderada o grave: estos fenómenos se solapan, pero no miden la misma experiencia.
La reducción del hambre no pone fin a las privaciones
Según el informe de 2026 sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, aproximadamente 645 millones de personas, es decir, el 7,8 % de la población mundial, padecieron hambre en 2025. Esta estimación supone casi 14 millones de personas menos que en 2024 y 43 millones menos que en el pico alcanzado en 2022. Esto supone un avance, pero sigue siendo demasiado limitado para acercar lo suficiente al mundo al objetivo de erradicar el hambre de aquí a 2030.
La distribución de esta privación pone de manifiesto grandes disparidades. En 2025, África contaba con unos 309 millones de personas desnutridas, Asia con 292 millones y América Latina y el Caribe con 32 millones. Estas cifras absolutas, por sí solas, no describen toda la situación regional, pero muestran la magnitud de las necesidades. En África, el 56,6 % de la población padecía inseguridad alimentaria moderada o grave, es decir, una dificultad recurrente para acceder a una alimentación suficiente y nutritiva. A escala mundial, esta situación afectaba a unos 2.100 millones de personas.
Por lo tanto, una disminución de la media mundial puede coexistir con privaciones persistentes en varias regiones. Tampoco significa que los hogares que han salido de la desnutrición crónica tengan ahora acceso a una alimentación variada y equilibrada. Para comprender tanto los avances como sus limitaciones, es necesario examinar los recursos concretos de que disponen las personas.
Tener suficiente para comer no significa alimentarse bien
Una persona puede ingerir suficientes calorías sin por ello disponer de los alimentos necesarios para una alimentación saludable. La calidad de la dieta, su diversidad y su regularidad son tan importantes como la cantidad disponible. Cuando los alimentos más nutritivos resultan demasiado caros, los hogares reducen las raciones, prescinden de determinados productos o dan prioridad a alimentos más baratos que cubren parte de sus necesidades, sin garantizar una nutrición adecuada.
Las dificultades económicas siguen siendo enormes. En 2025, alrededor de 2.690 millones de personas no podían permitirse una alimentación saludable. El coste medio mundial de dicha dieta se estimaba en 4,28 dólares en paridad de poder adquisitivo por persona y día, frente a los 3,44 dólares de 2021. Estos valores sirven para realizar comparaciones internacionales: no se corresponden directamente con el gasto diario de un hogar en cada país. La disparidad entre las regiones sigue siendo marcada. En África, el 66,6 % de la población no podía permitirse una alimentación saludable, según las estimaciones de la FAO.
Los precios de los alimentos suponen una carga especial para los hogares que destinan una gran parte de sus ingresos a la alimentación. Un aumento, aunque sea moderado, puede obligarles a elegir entre la alimentación, la asistencia sanitaria, la vivienda o la escolarización. Por lo tanto, el hambre no se reduce a la falta de alimentos: también está relacionada con la pobreza, los bajos ingresos y las desigualdades en el acceso a los recursos.
Las crisis agravan una inseguridad alimentaria ya de por sí frágil
Las emergencias alimentarias se distinguen de la desnutrición medida a largo plazo. Surgen cuando las personas pierden rápidamente el acceso a los alimentos, por ejemplo, a raíz de un conflicto, un desplazamiento forzoso, una catástrofe o el colapso de sus medios de subsistencia. El Informe mundial sobre crisis alimentarias de 2026 estima que 266 millones de personas en 47 países y territorios sufrieron altos niveles de inseguridad alimentaria aguda en 2025. Esta cifra se refiere a las poblaciones evaluadas en dichos contextos de crisis; no constituye una estimación del total de personas desnutridas en el mundo.
Los conflictos pueden interrumpir la producción, destruir las infraestructuras, impedir los desplazamientos hacia los mercados y limitar el envío de ayuda. Las poblaciones obligadas a huir suelen perder sus ingresos, sus tierras o sus redes de apoyo. El informe señala asimismo que los fenómenos climáticos extremos y las crisis económicas agravan situaciones que ya son precarias. En 2025 se han confirmado hambrunas en dos contextos distintos, en determinadas zonas de Gaza y de Sudán, lo que constituye una primicia desde el inicio de esta serie de informes.
Estas crisis pueden provocar un rápido deterioro, pero sus efectos no desaparecen cuando la emergencia inmediata remite. Las deudas, la pérdida de cosechas y el abandono escolar pueden debilitar de forma duradera a los hogares. Por ello, la ayuda vital, indispensable cuando la población se encuentra en peligro, no basta para evitar que las crisis se repitan.
La producción agrícola no es más que un eslabón del acceso a los alimentos
El aumento de la producción no garantiza que los alimentos lleguen a las personas que los necesitan. La seguridad alimentaria depende también de las carreteras, el almacenamiento, la energía, los mercados, el transporte y la capacidad de los productores para vender sus cosechas en condiciones viables. Una producción abundante puede coexistir con la escasez local cuando se interrumpen las cadenas de suministro o cuando el precio supera el poder adquisitivo de los hogares.
Las infraestructuras también influyen en el precio y la disponibilidad de alimentos nutritivos. Las carreteras en mal estado, el acceso irregular a la electricidad o la falta de cadenas de frío pueden complicar el transporte y la conservación de frutas, verduras, productos lácteos y otros alimentos perecederos. Las pérdidas durante el almacenamiento y el transporte reducen la cantidad que llega efectivamente a los consumidores y disminuyen los ingresos de los productores.
Por lo tanto, las políticas alimentarias deben tener en cuenta toda la cadena, desde la producción hasta el consumo. El apoyo a los pequeños productores, el acceso a los insumos y a la financiación, las infraestructuras rurales, el almacenamiento, la investigación y la fluidez de los mercados pueden contribuir a reducir los obstáculos. Sin embargo, su eficacia depende de su adaptación a las realidades locales y de su capacidad para distribuir mejor los beneficios y los riesgos.
Actuar de forma sostenible exige abordar las causas del hambre
Los avances recientes demuestran que es posible reducir el hambre, pero siguen siendo vulnerables a los conflictos, la pobreza, las crisis climáticas y el aumento del coste de la vida. Una respuesta sostenible debe combinar la acción inmediata, que proteja a las personas amenazadas, con políticas capaces de preservar sus ingresos y sus medios de subsistencia. También supone que se preste tanta atención al acceso a una alimentación nutritiva como a la disponibilidad de calorías.
Esto implica reforzar la protección de las poblaciones en tiempos de crisis, apoyar los medios de subsistencia rurales y hacer que los mercados sean más accesibles y resilientes. Los sistemas de alerta y los datos desglosados por territorio, edad y situación social pueden ayudar a detectar las necesidades antes de que se conviertan en emergencias. Sin embargo, los indicadores solo surten efecto cuando orientan decisiones respaldadas con financiación y respuestas adecuadas.
Por lo tanto, el reto no consiste únicamente en producir más, ni en constatar una mejora media. Se trata de garantizar que las personas puedan acceder, de forma regular y asequible, a alimentos suficientes, seguros y nutritivos, incluso cuando su entorno económico o político se deteriore. Solo así el retroceso estadístico del hambre podrá traducirse en una mejora sostenible de las condiciones de vida.
Morgan CHOKI